Pasen y Lean. 50 años de teatrista y algo más.

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Hace treinta años, escribí un libro que se llamó ‘No hay más localidades‘. Digo “escribí” con cierta cautela, porque escritor no soy. En realidad, lo hice porque quería aprender a usar la computadora y no era precisamente hábil con el teclado. Entonces, pensé que la mejor manera de aprender era usándola.

Así, me puse a escribir cómo llegué a esta profesión, paso previo a convertirse en biografía, sin imaginar todavía que aquello podía transformarse en un libro que, gracias a la atención de Daniel Divinsky, terminó en su Ediciones de la Flor.

Algunos de quienes lo leían me decían: “Lo leí y era como escucharte hablar”. Claro, porque lo escribí exactamente así como hablo, sin disfrazarme de escritor.

Sin embargo, ahora tengo una ventaja enorme respecto de aquel momento. Hoy puedo grabarme, pasar el audio a texto, ordenar ideas. Hace treinta años era sentarme frente a la pantalla y pelear con el cursor.

Ahora, al cumplir cincuenta años de profesión, estaba convencido de que en aquel libro lo mío ya estaba contado; que imaginar uno nuevo carecía de sentido. Fue el periodista Alejandro Cruz quien, al término de una entrevista para el diario La Nación, me instó a que fuera por un ejemplar actualizado. Al tiempo me lo recordó. Su insistencia quedó resonando dentro mío.

Enterado el Sr. José Juan Fernández Reguera, presidente de la prestigiosa editorial Losada, terminó de redondear mi respuesta afirmativa.
¿Para qué, entonces, este nuevo libro? Para dejar algunas vivencias sobre mi quehacer, pero ahora actualizadas y todas juntas. Muchas de ellas ya las repetí en entrevistas, en charlas o en reuniones. Me gusta la idea de que queden compiladas y ordenadas, para que dentro de algunos años alguien las lea y sepa cómo pensaba este oficio de tanta visibilidad, sabiendo que se trata de opiniones personales, subjetivas todas.

Si este libro fuese una obra teatral, tendría claramente dos actos: el primero, lo conté cientos de veces.

Es mi versión oficial, la que no puede modificarse. Es la historia de cómo llegué al teatro o, dicho más simple: cómo convertí una vocación temprana en una profesión. Ese primer acto debo escribirlo una vez más, desde la mirada de hoy, ya sea para darlo como introducción al segundo, o para quien lo desconoce o quiere repasarlo.

Luego, vendría el segundo acto, ya en el terreno profesional que comenzó a mis diecisiete años, recién salido de la escuela secundaria, y casi sin darme cuenta, ya convertido en empresario del espectáculo, siendo menor emancipado. Y digo “casi sin darme cuenta” porque, en verdad, yo no pensaba en teatro. Lo que seguía obsesivamente, tanto en la escuela primaria como en la secundaria, era el movimiento del cine.

Estaba convencido –con esa seguridad que solo se tiene a los quince o dieciséis años– de que era el dueño de los cuarenta y dos cines del centro de Buenos Aires. Menos mal que apareció el doctor Juan Enrique Kusnir quien, con su experiencia de psiquiatra, explicó a mis padres la diferencia entre vocación y locura.

‘Pasen y Lean’ está atravesado por un tono amigable y respetuoso, incluso cuando se revelan situaciones desconocidas o miradas incómodas poco transitadas.