Opinión

La cultura sí importa.

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“El riesgo es la justificación moral del empresario”. Nunca me pude separar de ese concepto, escuchado en la televisión italiana en boca de un empresario local.
Nuestra empresa -privada al 100%- nunca fue capitalista en el éxito para convertirse en socialista en los fracasos. Por eso me animo con alguna opinión sobre temas que hacen a la cultura y su relación con los entes que la regulan, tan observados en los últimos tiempos.

Nací hace 66 años en el barrio de Mataderos, con una economía familiar que no permitía llegar a las boleterías de los teatros del centro de Buenos Aires. El Teatro Municipal San Martín (el mismo de ahora, sobre Av. Corrientes al 1500) posibilitó a mis padres que sus hijos accediéramos a importantes espectáculos solventados por el municipio. Fueron mis primeros contactos con el teatro.

Hace tiempo se objeta sobre recitales gratuitos sostenidos económicamente por distintos gobiernos. ¿Es correcto o no? Creo que la respuesta es compleja. Recuerdo que Mercedes Sosa, al llegar desde Tucumán, canjeaba su canto a cambio de un asado para ella y familia en la biblioteca José E. Rodó de la calle Andalgalá.
En el anterior ejemplo concibo la gratuidad estatal, con el objetivo de fomentar nuevos talentos, económicos en costos para el erario público, encima sin interés por parte del privado.

En Mar del Plata, en la entrega de los Premios Estrella de Mar 2024, una sala ovacionó a la actriz Graciela Borges por su trayectoria cinematográfica. ¿Hubiese podido filmar todas sus películas por las cuales se la aplaude de pie sin los créditos del Instituto de Cine?

¿Sería la ciudad de Buenos Aires la de mayor cantidad de salas de teatro independiente del mundo sin el apoyo del Instituto Nacional de Teatro?

¿Hubiese logrado el célebre Ástor Piazzolla componer varias de sus obras maestras sin aquel préstamo que recibió del Fondo Nacional de las Artes en sus principios?

Coincidir en esto ratificaría que ir por el blanco o el negro, sin buscar sus matices, no sería el mejor camino, el cual incluye corregir cualquier irregularidad detectada.
En definitiva, para ser pragmático como empresario que soy, también en mi empresa debo permanentemente corregir falencias, las cuales no me impulsan a pensar en cerrar los teatros.